Llevaba doce horas en la sala de espera, sin poder entrar a ver a mi esposa ni a mi hijo recién nacido. Mi suegra había convencido a la enfermera de que yo «no estaba en la lista de familiares autorizados». Cuando por fin alguien con autoridad entró a resolver el problema, mi suegra palideció al reconocer su bata blanca.
PARTE 1
Me llamo Diego Salinas y tengo treinta y dos años.
Mi esposa, Fernanda, entró en labor de parto un martes por la madrugada, tres semanas antes de la fecha esperada. Llegamos al Hospital San Rafael a las 4 de la mañana, y desde ese momento, todo empezó a complicarse, no por el parto en sí, sino por mi suegra, Regina.
Regina nunca me había aceptado del todo. Consideraba que yo, hijo de un matrimonio «sin apellido reconocido» en su círculo social, no estaba a la altura de su hija.
—Fernanda pudo haber elegido mejor —le decía a sus amigas en cada reunión, sin importarle que yo estuviera presente.
Cuando llegamos al hospital, Regina ya estaba ahí, avisada por Fernanda antes de que yo pudiera reaccionar. Se instaló en la sala de espera como si fuera la única autorizada a estar presente.
Durante el trabajo de parto, todo transcurrió con normalidad. Pero cuando nació mi hijo, Mateo, y la enfermera vino a buscarme para llevarme a la sala de recuperación, Regina se interpuso.
—Discúlpeme —le dijo a la enfermera, con su tono más autoritario—, pero él no puede pasar todavía. Hay un protocolo de familiares autorizados y su nombre no aparece en la lista que yo actualicé esta mañana con la trabajadora social.
La enfermera, confundida, dudó.
—Señor, deme un momento para verificar, por favor.
—Soy el padre —respondí, tratando de mantener la calma—. Estuve aquí desde que llegamos.
—Lo sé, lo sé —dijo Regina, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—, pero hay ciertos formalismos legales cuando el padre no está casado formalmente registrado en el sistema del hospital. Es solo un trámite, Diego, no te lo tomes personal.
Fernanda y yo llevábamos ocho años casados. El comentario de Regina no tenía ninguna base real, pero la enfermera, joven y nueva en el turno, no supo cómo manejar la situación y prefirió esperar a un supervisor.
Pasaron dos horas. Después cuatro. Después ocho.
Cada vez que preguntaba, Regina aparecía con una nueva excusa: que Fernanda estaba descansando y no debía interrumpirse, que el bebé estaba en observación de rutina, que «ya casi» resolvían el papeleo.
A las doce horas de espera, sin haber podido ver a mi esposa ni a mi hijo ni una sola vez, un hombre de bata blanca entró al área de espera, revisando una tablilla con el ceño fruncido.
Levantó la vista, me vio sentado ahí, y se detuvo en seco.
—¿Diego? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la emoción contenida—. ¿Qué haces sentado aquí afuera, hijo?
Regina, que estaba a un par de metros dándole indicaciones a la enfermera, se giró de golpe.
Y toda la sangre pareció írsele del rostro al leer el gafete prendido en la bata del hombre que acababa de llamarme «hijo».