Le regalé a mi hijo la casa donde creció para que formara su propia familia ahí. Dos años después, mientras él estaba de viaje por trabajo, mi nuera puso la propiedad en venta sin decirle a nadie. Todo iba según su plan, hasta que el comprador pidió una última llamada de confirmación con el notario, en medio de la comida familiar del domingo.
PARTE 1
Me llamo Roberto Casas y tengo sesenta y seis años.
Hace tres años, cuando mi hijo Andrés se casó con Paola, decidí darles como regalo la casa donde él había crecido: una propiedad de tres habitaciones en un buen barrio, completamente pagada, que yo había comprado con muchos años de esfuerzo trabajando como contador.
—Papá, es demasiado —me dijo Andrés cuando le entregué las escrituras—. No tienes que hacer esto.
—Quiero hacerlo —respondí—. Prefiero verlos disfrutarla en vida a que la hereden cuando yo ya no esté para ver sus caras.
Puse la propiedad directamente a nombre de Andrés, no de los dos, por una razón que nunca le expliqué del todo: algo en la forma en que Paola hablaba de dinero, de propiedades, de «asegurar el futuro», me generaba una desconfianza que preferí no verbalizar frente a mi hijo, recién casado y feliz.
Con el tiempo, esa sensación no desapareció.
Paola empezó a mencionar, en distintas reuniones familiares, que la casa «les quedaba grande para dos personas», que «el barrio ya no era lo que era antes», que «deberían considerar algo más pequeño y moderno, más cerca del centro».
Andrés, ocupado con su trabajo como ingeniero en una empresa que lo mandaba de viaje constantemente, nunca le dio mucha importancia a esos comentarios.
Hace dos meses, Andrés viajó a Monterrey por un proyecto que lo mantendría fuera casi seis semanas.
Durante ese tiempo, sin que nadie de la familia lo supiera, Paola contactó a una inmobiliaria y puso la casa en venta.
Me enteré por casualidad: un vecino, Don Fermín, me llamó preocupado porque había visto un letrero de «SE VENDE» en el jardín delantero y quería saber si todo estaba bien con Andrés.
Sentí que el pecho se me apretaba.
Llamé a Paola de inmediato.
—Roberto, no te preocupes —me dijo, con un tono demasiado tranquilo para lo que estaba pasando—. Es solo para «sondear el mercado», ver cuánto vale la propiedad ahora. No hemos decidido nada en firme.
No le creí ni una palabra, pero decidí no confrontarla todavía. En cambio, llamé al notario que había hecho el traspaso original de la propiedad, Don Aurelio Méndez, un hombre que había trabajado conmigo por más de veinte años y a quien consideraba, más que un colega, un amigo cercano.
—Aurelio, necesito que me hagas un favor —le dije—. Si alguien intenta mover papeles de la casa de mi hijo sin su firma, quiero que me avises de inmediato. Y si llega una oferta real, necesito estar presente en cualquier llamada de confirmación.
Aurelio, extrañado pero sin hacer más preguntas, aceptó.
Tres semanas después, un domingo, toda la familia se reunió en mi casa para comer, como cada semana, incluyendo a Andrés, que había regresado apenas dos días antes de su viaje, sin saber absolutamente nada de lo que había pasado en su ausencia.
A la mitad de la comida, mi teléfono sonó.
Era Aurelio.
—Roberto, tengo en la otra línea a un comprador que quiere cerrar la venta de la casa de tu hijo esta misma semana. Dice que ya negoció todo con la señora Paola Vargas. Solo necesito una última confirmación antes de proceder con la escritura.
Miré a Paola, sentada al otro lado de la mesa, sonriendo mientras le servía más ensalada a mi nieto.
—Ponlo en altavoz, Aurelio —respondí, lo suficientemente alto para que toda la mesa pudiera escuchar—. Y por favor, confirma frente a todos aquí presentes, exactamente qué fue lo que la señora Paola te dijo.