PARTE 2
La voz de Aurelio salió clara por el altavoz, resonando en el comedor silencioso.
—Buenas tardes a todos. Confirmo que la señora Paola Vargas se contactó conmigo hace dos semanas, solicitando iniciar el proceso de venta de la propiedad ubicada en Avenida Los Pinos 245, alegando tener autorización del propietario para proceder.
Andrés dejó los cubiertos sobre el plato, muy despacio.
—Paola… ¿de qué está hablando?
Paola, pálida, intentó intervenir.
—Aurelio, esto se puede hablar en privado, no es necesario—
—Con todo respeto, señora —continuó Aurelio, con la calma profesional que lo caracterizaba—, cuando revisé el expediente, encontré que la propiedad está registrada únicamente a nombre del señor Andrés Casas. Usted no figura como copropietaria, y por lo tanto, no tiene facultad legal para autorizar ninguna venta sin su firma.
El silencio en la mesa se sintió pesado, casi físico.
—Además —agregó Aurelio—, cuando le pregunté por la firma de autorización del señor Andrés, usted me proporcionó una firma que, comparada con la que tenemos registrada en el expediente original, no coincide.
Andrés se puso de pie, con las manos apoyadas en la mesa.
—¿Falsificaste mi firma, Paola?
Ella no respondió. Sus ojos, llenos de lágrimas, se movían entre Andrés, entre mí, y entre el teléfono todavía en altavoz sobre la mesa.
—Solo quería que tuviéramos algo mejor, Andrés —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Un lugar nuevo, sin la sombra de que esta casa siempre va a ser «la casa de tu papá» y nunca completamente nuestra.