MI HERMANA GEMELA SE HIZO PASAR POR MÍ EN MI PRIMERA CITA CON EL HOMBRE DE MIS SUEÑOS PORQUE DIJO QUE YO «NO SABÍA CONQUISTAR A NADIE», PERO ÉL DESCUBRIÓ LA VERDAD ANTES DE QUE TERMINARA LA NOCHE

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Llevaba semanas hablando por mensajes con Daniel antes de nuestra primera cita. Esa noche, un dolor de cabeza me dejó en cama, y mi hermana gemela, Renata, se ofreció a avisarle que cancelábamos. En vez de eso, fue ella quien se presentó al restaurante, haciéndose pasar por mí, convencida de que yo «necesitaba ayuda para no arruinarlo». No contaba con que Daniel notara la diferencia mucho antes de lo que ella esperaba.

PARTE 1

Me llamo Antonia Vidal y tengo veintisiete años.

Tengo una hermana gemela, Renata, idéntica a mí en apariencia, pero completamente distinta en personalidad. Ella siempre fue la extrovertida, la que hablaba sin pensarlo dos veces, la que «sabía cómo eran las cosas» según ella misma repetía constantemente. Yo, en cambio, era más reservada, más cuidadosa con mis palabras, especialmente cuando se trataba de mostrar interés por alguien.

Llevaba tres semanas conversando por mensajes con Daniel, un arquitecto que había conocido en la boda de una amiga en común. Nuestras conversaciones eran largas, sinceras, llenas de detalles pequeños que solo alguien que realmente presta atención logra recordar: que me gustaba el café sin azúcar, que coleccionaba libros usados, que le tenía miedo a las alturas desde niño.

Renata, que seguía de cerca cada conversación porque compartíamos casi todo, empezó a opinar cada vez con más insistencia.

—Antonia, eres demasiado seria en tus mensajes. Así nunca vas a conquistar a nadie. Déjame ayudarte, yo sé cómo generar chispa.

Le agradecía el interés, pero siempre insistía en que prefería ser yo misma, aunque eso significara avanzar más lento.

La noche de nuestra primera cita presencial, desperté con una migraña tan fuerte que apenas podía abrir los ojos. Le pedí a Renata que le enviara un mensaje a Daniel avisándole que necesitaba posponer la cita.

Ella prometió hacerlo.

No lo hizo.

En cambio, se arregló con mi ropa, tomó mi bolso, y se presentó al restaurante haciéndose pasar por mí, convencida de que podía «salvar» la primera impresión que, según ella, yo iba a arruinar con mi timidez natural.

Me enteré de todo esto horas después, cuando Renata regresó a casa, exaltada, contándome lo bien que «le había ido a la cita», sin darse cuenta de la magnitud de lo que había hecho.

—¿Te hiciste pasar por mí? —pregunté, sentándome de golpe en la cama a pesar del dolor de cabeza—. Renata, ¿qué hiciste?

—Le expliqué que tenías migraña, pero decidí ir de todas formas para que no pensara que lo estabas dejando plantado. Antonia, no seas dramática, solo quería ayudarte a avanzar.

Al día siguiente, Daniel me escribió, con un tono distinto al habitual: más formal, más distante.

«Anoche estuvo bien, aunque te sentí distinta a como conversamos por mensajes todas estas semanas. ¿Todo bien?»

Sentí que el estómago se me revolvía. No sabía exactamente qué había dicho o hecho Renata durante esa cena, haciéndose pasar por mí, frente a un hombre con el que yo llevaba semanas construyendo algo genuino a través de las palabras.

Decidí que no podía seguir permitiendo que Renata resolviera mis propias relaciones a su manera. Le escribí a Daniel esa misma tarde, pidiéndole vernos en persona, para explicarle exactamente lo que había pasado.

Aceptó, con cierta cautela.

Nos encontramos en una cafetería pequeña cerca de mi trabajo. En cuanto me vio entrar, Daniel entrecerró los ojos, observándome con una atención que no supe interpretar de inmediato.

—Antes de que digas nada —dijo, cuando me senté frente a él—, necesito preguntarte algo. La persona con la que cené anoche… ¿eras realmente tú?