PARTE 2
Volví quince minutos después con mi laptop y una carpeta física que había armado desde el primer mes de planeación, por costumbre profesional.
La abrí sobre la mesa de centro, frente a todos.
—Aquí está cada factura de cada proveedor, ordenada por fecha —dije, extendiendo las primeras hojas—. Aquí están mis transferencias, incluyendo dos pagos que hice con mi propio dinero cuando el presupuesto no alcanzó, en abril y en junio, que nunca les cobré a ustedes.
Mi padre tomó las hojas, revisándolas con el ceño fruncido.
—Y aquí —continué, girando la laptop hacia Daniela— están tus mensajes, empezando por este de hace seis meses.
Leí en voz alta, sin alterar el tono:
—»Valeria, ajusta los números como sea, tú eres buena para esto.»
Daniela palideció.
—Eso no significa que te autoricé a robar nada —dijo, con la voz temblando.
—No robé nada, Daniela —respondí, todavía calmada—. Cada «ajuste» que hice está documentado aquí, con el proveedor, el monto original y el monto negociado. Los ochenta mil pesos que faltan no están en ningún gasto mío. Están en esto.
Saqué la última hoja de la carpeta: una factura de una empresa de eventos, por un valor exacto de setenta y ocho mil pesos, fechada apenas diez días atrás.
—Es la despedida de soltera de Óscar —dije, mirando directamente a mi hermana—. La que tú organizaste sin decirle a nuestros padres, y que pagaste con la tarjeta que yo te di para emergencias del catering.
El silencio se rompió cuando Óscar, desde su esquina, preguntó en voz baja:
—Daniela… ¿tú pagaste mi despedida de soltero con el dinero de la boda?