Después de dos años intentando tener un bebé sin éxito, mi suegra empezó a decirle a toda la familia que yo era «una mujer incompleta» y que mi esposo merecía alguien que sí pudiera darle hijos. Me convenció incluso a mí misma de que el problema era yo. Hasta que una consulta médica de rutina cambió todo lo que creíamos saber, frente a ella misma.
PARTE 1
Me llamo Paulina Rangel y tengo treinta y un años.
Llevaba cinco años casada con Emilio, y desde el segundo año de matrimonio, empezamos a intentar tener un bebé. Mes tras mes, la ilusión se convertía en decepción, y con cada intento fallido, algo dentro de mí se iba apagando un poco más.
Mi suegra, Georgina, nunca fue precisamente cálida conmigo, pero durante esos dos años de intentos sin éxito, su actitud se volvió abiertamente hostil.
—En mi época, una mujer que no podía darle hijos a su esposo, entendía que debía hacerse a un lado —le escuché decir una vez, en una comida familiar, sin importarle que yo estuviera sentada justo enfrente.
Emilio, aunque nunca compartió abiertamente esa opinión, tampoco la contradecía con firmeza. Simplemente cambiaba de tema, o decía «mamá, ya basta», con un tono que sonaba más a fastidio que a defensa real hacia mí.
Con el tiempo, empecé a creerme, poco a poco, la narrativa que Georgina repetía en cada reunión: que yo era el problema, que mi cuerpo había fallado, que Emilio merecía una vida distinta a la que yo podía ofrecerle.
Nunca me había hecho estudios médicos completos. Por miedo, principalmente. Por no querer confirmar con certeza lo que ya sentía que todos, incluyendo yo misma, daban por hecho.
Hace tres meses, Georgina organizó una comida familiar «importante», según dijo. Cuando llegamos, descubrí que había invitado también a Renata, hija de una amiga suya, una mujer más joven, soltera, que Georgina no dejó de elogiar durante toda la comida frente a Emilio.
—Renata viene de una familia con mucha fertilidad, ¿sabes, Emilio? Su mamá tuvo cinco hijos sin ningún problema.
Sentí que la comida se me atoraba en la garganta.
Esa misma semana, decidí, por fin, hacerme un estudio médico completo, algo que había postergado por miedo durante años. Pedí que Emilio me acompañara a la cita, y sin que yo lo supiera, Georgina se autoinvitó también, «para apoyar en un momento tan difícil», según sus palabras.
Los tres estábamos sentados en el consultorio del doctor Alarcón, especialista en fertilidad, esperando los resultados de los estudios que me habían hecho dos semanas antes.
Georgina, sentada a un costado, no dejaba de mirarme con una expresión que oscilaba entre la lástima y la superioridad silenciosa.
El doctor Alarcón entró con una carpeta en la mano, y se sentó frente a los tres, revisando los resultados con calma antes de hablar.
—Bien, tengo los resultados completos de ambos estudios —dijo, mirando primero a Paulina, después a Emilio—. Porque, como saben, en estos casos siempre pedimos evaluar a la pareja completa, no solo a la mujer.
Georgina se movió incómoda en su asiento.
—Doctor, no es necesario entrar en tantos detalles técnicos, solo necesitamos saber qué es lo que Paulina tiene que hacer para—
—Señora, con todo respeto —la interrumpió el doctor, con voz profesional pero firme—, los resultados que tengo aquí no señalan ningún problema de fertilidad en Paulina.