PARTE 2
—Doctor Salinas, ¿conoce a este joven? —preguntó la enfermera, visiblemente confundida.
Mi padre, Arturo Salinas, jefe del área de neonatología del hospital desde hacía veinte años, no apartó la mirada de mí.
—Es mi hijo —respondió, con una firmeza que hizo que Regina retrocediera medio paso—. ¿Alguien me puede explicar por qué el padre de un recién nacido está sentado en la sala de espera doce horas después del parto?
La enfermera, nerviosa, empezó a explicar la situación, mencionando «el protocolo de familiares autorizados» que Regina había mencionado toda la mañana.
Mi padre frunció el ceño.
—Ese protocolo no existe —dijo, con voz calmada pero cortante—. Nunca ha existido en este hospital. El padre biológico, presente y casado legalmente con la madre, tiene acceso inmediato, sin ningún trámite adicional.
Regina, pálida, intentó recomponerse.
—Debe haber un malentendido, doctor. Yo solo quería asegurarme de que todo se hiciera correctamente, por el bienestar de mi hija y mi nieto.
Mi padre la miró fijamente, con la misma expresión que yo le había visto usar toda mi vida cuando alguien intentaba mentirle sobre algo médico.
—Señora, con todo respeto, lo único que ha hecho es mantener alejado durante doce horas a un padre de su propio hijo recién nacido, basándose en una regla inventada. Eso no tiene nada que ver con «el bienestar» de nadie.
Se giró hacia mí, y por primera vez en horas, su expresión se suavizó.
—Ven conmigo, hijo. Vamos a ver a Fernanda y a tu hijo ahora mismo.
Caminamos juntos hacia la sala de recuperación, dejando a Regina inmóvil en medio del pasillo, sin palabras.