MI EXNOVIO ME DEJÓ POR «NECESITAR ESPACIO» Y CINCO AÑOS DESPUÉS APARECIÓ COMO EL NUEVO INVERSIONISTA DE LA EMPRESA DONDE TRABAJO, SIN SABER QUE YO ERA LA DIRECTORA QUE IBA A EVALUAR SU PROPUESTA

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A los veinticinco años, Mateo me dejó dos semanas antes de mudarnos juntos, diciendo que «necesitaba espacio para encontrarse a sí mismo». Reconstruí mi vida sola, lejos de esa ciudad y de ese dolor. Cinco años después, entré a una sala de juntas para evaluar la propuesta de un nuevo inversionista, y me encontré cara a cara con la última persona que esperaba ver sentada del otro lado de la mesa.

PARTE 1

Me llamo Ximena Delgado y tengo treinta años.

A los veinticinco, estaba a dos semanas de mudarme con Mateo, mi novio de entonces, a un departamento que habíamos elegido juntos después de tres años de relación. Ya teníamos las cajas empacadas, los muebles elegidos, incluso habíamos discutido nombres para el perro que planeábamos adoptar.

Una noche, mientras cenábamos, Mateo dejó los cubiertos sobre el plato y me miró con una expresión que reconocí de inmediato como mala señal.

—Ximena, necesito hablar contigo de algo importante.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—Necesito espacio —dijo finalmente—. Siento que hemos avanzado tan rápido en esta relación, que no he tenido tiempo de encontrarme a mí mismo, de saber quién soy fuera de «nosotros». Necesito pausar esto, tal vez terminar, para poder pensar con claridad.

Dos semanas antes de mudarnos juntos.

No hubo mucho más que decir. Cancelé el departamento, devolví los muebles que ya habíamos comprado, y pasé los siguientes meses reconstruyendo, pieza por pieza, la vida que había planeado compartir con él.

Seis meses después de la ruptura, acepté una oferta de trabajo en otra ciudad, en una empresa de tecnología financiera que apenas empezaba a crecer. Necesitaba distancia, un comienzo distinto, lejos de cada esquina que me recordaba a Mateo.

Los siguientes cinco años los dediqué casi por completo a mi carrera. Ascendí de analista financiera a subdirectora, y hace ocho meses, a directora de evaluación de inversiones, un puesto que había conseguido a base de trabajo constante, sin atajos, sin depender de nadie más que de mí misma.

La semana pasada, mi asistente me avisó que teníamos una reunión importante: un inversionista independiente estaba interesado en aportar capital significativo para la expansión internacional de la empresa, y como directora del área, me tocaba liderar la evaluación completa de su propuesta.

—Se llama Mateo Serrano —me dijo mi asistente, revisando la agenda—. Viene con un historial impresionante, fundó y vendió dos startups exitosas en los últimos años.

El nombre me generó una punzada extraña, pero rápido lo atribuí a coincidencia. Mateo no era un nombre tan poco común.

El día de la reunión, entré a la sala de juntas con mi equipo, revisando los últimos detalles de la propuesta en mi tablet, sin levantar la vista hasta que me senté en mi lugar, al frente de la mesa.

Cuando finalmente alcé los ojos hacia el inversionista sentado al otro extremo, sentí que el tiempo se detenía por completo.

Era él.

Mateo, cinco años mayor, con un traje que claramente costaba más que su antiguo departamento completo, y una expresión que pasó, en cuestión de segundos, de la sorpresa absoluta al reconocimiento.

—¿Ximena? —dijo, incrédulo, casi olvidando por completo a los demás presentes en la sala.